“Pensar en el país de los suicidas: una historia sacrificial” moreCAMPOS FONSECA, Susan: “Pensar en el país de los suicidas: una historia sacrificial”. En: Arte y mujer: visiones de cambio y desarrollo social, Madrid:Ed. Horas y Horas, 2010, pp. 249-263. |
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Latin American literature, Women's Studies, Gender Studies, Women Writers, Exile Literature, Memoria Historica, Central American Literature, Twentieth-Century and Contemporary Poetry, Literature and Philosophy, Costa Rica, Central America and Mexico, and María Zambrano
CAMPOS FONSECA, Susan: “Pensar en el país de los suicidas: una historia sacrificial”. En: Arte y mujer: visiones de cambio y desarrollo social, Madrid: Editorial Horas y Horas, 2010, pp. 249-263.
Pensar en el país de los suicidas: una historia sacrificial
A Chavela Vargas en su 90 cumpleaños (1919-2009)1
Susan Campos Fonseca Universidad Autónoma de Madrid
ELEGÍAS
“Nada estaba previsto. Todo era inminente.” Eunice Odio (Obras Completas III, 1996:15)
Quisiera iniciar con una disculpa, pues, en definitiva, esta no será una disertación objetiva ni científica, y mucho menos historicista. Podría serlo, pero he preferido arriesgarme y poner ante el lector(a) un trozo de carne arrancado con violencia, todavía caliente, vibrante y sangrante. Lo he preferido así porque vengo a rendir tributo a tres mujeres costarricenses, tres escritoras, pensadoras en todo el sentido de la acción, que, acusadas de ser “autoras intelectuales” de algo, fueron arrancadas, amputadas de una Costa Rica a mediados del siglo
En la entrevista "Así me voy a morir, libre, sin yugos", que le realiza Pablo Ordaz (El País, 10/05/2009) en el marco de su noventa cumpleaños, a la pregunta “¿Y nunca volviste a Costa Rica?” Chavela Vargas responde: “Hace seis años. Dejé Veracruz, donde tenía una casa, y me volví a Costa Rica. Y a los siete meses, unas navidades, decidí volver a México. Qué país Costa Rica. Yo pondría allí a todos los suicidas del mundo. Les pondría allí un departamento. Sería un buen negocio una tienda de ataúdes. Eso es lo que pienso de Costa Rica. Hay allí una prostituta que es la más grande del mundo, y llega allí y se le hincan en la tierra para saludarla. El arzobispo y todos. Un día me dijo: -Yo sí soy profeta en mi tierra, y tú no, Chavela. Y le dije: -Sí, tienes razón.” Este comentario ha generado una serie de brutales réplicas desde Costa Rica, razón por la que dedico a Chavela Vargas este ensayo, pues considero que sus palabras merecen una consideración crítica y meditada en su contexto (la negrita es mía).
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XX, ellas son: Eunice Odio, Yolanda Oreamuno y María Isabel Carvajal (conocida como Carmen Lyra). Eunice Odio nació en la ciudad de San José, capital de Costa Rica, el 9 de octubre de 1919, y murió en la ciudad de México el 23 de marzo de 1974. Su vida, fundamentalmente nómada, la llevó a tener tres nacionalidades: costarricense, guatemalteca y mexicana. Llevando consigo la polémica, su creación literaria y crítica comprende obras como Los elementos terrestres (1984), Zona en territorio del alba (1953), El rastro de las mariposas (1970), Defensa del castellano (1972), Territorio del alba y otros poemas (1974), y su poética fundamental: El tránsito de fuego (1957). Al estudio de su legado se han dedicado especialistas como Rima de Valbona (La obra en prosa de Eunice Odio, 1980), Mario Esquivel (Eunice Odio en Guatemala, 1983), y Peggy von Mayer, quien editó tres tomos que comprenden sus Obras Completas (1996). Asimismo es importante destacar que recientemente, en el 2007, la revista mexicana Alforja. Arte y Literatura le dedicó un monográfico, en el cual colaboraron autores como Amaranta Caballero Prado, Peggy von Mayer, José Reyes González Flores, Carlos Manuel Villalobos, Patricia Cázares Macías, Lil Picado y Jorge Chen Sham. Dicho monográfico incluye la siguiente elegía: “una gran poeta por mucho tiempo olvidada en el mainstream de la literatura latinoamericana. De ella el poeta venezolano Juan Liscano hacía memoria diciendo: En América Latina aún se produce el fenómeno poco creíble de una poeta excepcional, apabullante, que muere en la miseria, sin tribuna, sin lectores y sin editor… Es el caso de Eunice Odio” (Alforja, 2007:3). Yolanda Oreamuno nació también en San José en 1916. Su obra mejor considerada por los especialistas es La ruta de su evasión de 1948. Ese mismo año se hizo ciudadana guatemalteca. También vivió en países como México y Estados Unidos. En 1949,
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gravemente enferma, tuvo que permanecer cuatro meses recluida en un hospital de Washington. Falleció en México, en casa de Eunice Odio. En 1961, por iniciativa de la entonces Primera Dama de Costa Rica, doña Olga Benedictis de Echandi, sus restos fueron sepultados en San José. Entre su trabajo literario se encuentran La ruta de su evasión (194849), Por tierra firme (1936); Dos tormentas y una aurora (1944); Casta sombría (1944); José de la Cruz recoge su muerte; De hoy en adelante, luego llamada Nuestro silencio (1947). Y relatos como “Las bodas de Cannan”; “La tía tenía trenzas”; “Harry Campbell Pall”; “De su obscura familia”; “La llave”; “El caos genésico en la pintura de Abelam”, entre otros. Como auto-elegía Yolanda escribió a su colega y amigo, el también escritor Joaquín García Monge:
Quiero que si algo de valor hago yo en el ramo literario, mi trabajo pertenezca a Guatemala, donde he tenido estímulo y afecto, y no a Costa Rica donde, fuera de usted, todo el mundo se ha dedicado a denigrarme, odiarme y ponerme obstáculos. Deseo que nunca se me incluya en nada que tenga que ver con Costa Rica y que mi nombre no figure en ninguna lista de escritores ticos, porque mi trabajo y yo pertenecemos a Guatemala (cit. La Nación, Suplemento Raíces, Edición 18).
García Monge nos enlaza con “Carmen Lyra”, seudónimo que sugirió a María Isabel Carvajal Quesada (San José-1888), una comunista convencida que encabezó en 1919 la lucha contra la Dictadura de los Tinoco, participando en la creación de escuelas, y proyectando una revolución educativa de base, a favor de los grupos humanos más marginados de la sociedad costarricense de entonces, luchando por la creación del Patronato Nacional de la Infancia, por la igualdad de salario entre hombres y mujeres, y por el sufragio para la mujer. Al igual que Odio y Oreamuno, debido a sus ideas y la polémica que generaba su obra, tuvo grandes problemas personales y laborales. Por su activismo político e ideológico a sus
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60 años de edad fue acusada injustamente como "autora intelectual de los crímenes de guerra" y obligada a exiliarse en México, junto a otros miembros importantes del partido comunista, después de la breve guerra civil liderada por José Figueres Ferrer en 1948. Al año siguiente, con serios problemas de salud, solicitó se le permitiera volver al país a pasar sus últimos días, pero el nuevo gobierno le negó ese derecho. Murió el 13 de mayo del año siguiente, 1949, en el exilio. Entre sus obras destacan Las fantasías de Juan Silvestre y En una silla de ruedas ambos de 1918, Bananos y Hombres de 1933, ensayos políticos, cuentos, como su obra más conocida titulada Cuentos de mi Tía Panchita, publicada en 1920, y el libreto Caperucita encarnada, escrito para la ópera infantil en un acto del compositor costarricense Julio Fonseca, uno de los llamados “creadores de la música nacional” en la Costa Rica de los años treinta. Como elegía a Carmen Lyra mencionaremos como veinte años después de su muerte, la Asamblea Legislativa, algo así como el Congreso de los Diputados en Costa Rica, la designó BENEMÉRITA DE LA CULTURA NACIONAL, por decreto No. 1679 de 28 de julio de 1976. Pero Eunice Odio, Yolanda Oreamuno y Carmen Lyra no estaban solas en su “exilio”, o “autoexilio” (si es que cabe el término), a ellas también se unió Isabel Vargas Lizano, conocida como Chavela Vargas, nacida en San Joaquín de Flores, Heredia, provincia de Costa Rica, el 17 de abril de 1919. Hoy diva Almodóvar y matriarca de las artes en México. Ellas son la conciencia encarnada de una Costa Rica que sigue tratando de suavizar sus elegías construyendo mitologías y leyendas, muy especialmente en relación a “Eunice y Yolanda”2, quizás, irónicamente, porque poseían una cualidad terriblemente cómoda: la
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En Costa Rica se les llama por su nombre de pila y en conjunto, formando un constructo simbólico.
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belleza hollywoodense. Belleza con que se ha construido un imaginario “telenovelesco”, en lugar de asumir la vergüenza de una Nación que las sacrificó por terror a ver reflejada en ellas una espeluznante verdad, cual retrato de Dorian Gray. Y es por esta razón que propongo una mirada ante su carne caliente y sangrante, un nacer desde la nausea reveladora, ante cómo todavía hoy siguen siendo representadas en la memoria colectiva de Costa Rica, y de esta, a la opinión internacional, como en una nota publicada en El País, a la cual me referiré a continuación. 1. ¿Leyendas trágicas? El 14 de octubre del 2006, el escritor costarricense Rodrigo Soto publicó en el Suplemento Cultural Babelia de El País una nota titulada “Dos tigresas tristes”, texto sin duda sentido y sincero, importante como propaganda, pues hablaba de dos escritoras costarricenses muy poco conocidas en un marco privilegiado como es Babelia en El País, que, de paso, las incluía en la sección “Verbo Sur”, dedicada a las voces de esa América “al Sur del Río Bravo”. La nota me sorprendió de manera contradictoria, ya que, por un lado sin duda este era un escaparate excelente para ellas -lo que me llenó de alegría-, pero por otro, el título y el enfoque de Soto eran “los mismos de siempre”, generándome una nausea inmediata. Me explico: la manera en que Soto hablaba, nombraba y significaba con el ofensivo título de “Dos tigresas tristes” a Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, ilustradas por Soledad Calés juntas y superpuestas “a lo cartel de cine”, como personajes de una película ambientada en los años cuarenta, me trajo de nuevo aquella imagen sacrificial de ambas escritoras, cuyos bustos, erigidos en el jardín del Teatro Nacional de Costa Rica, recuerdan a Medusa (en el caso de Eunice) y a San Juan el Bautista (en el caso de Yolanda), mientras que
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en dicho jardín, los bustos en honor a otras grandes figuras de la cultura nacional, hombres en su mayoría, representan efigies heroicas y triunfantes, distando mucho de la imagen sacrificial de sus homólogas mujeres, pensadas quizás en función de perpetuar una leyenda trágica, como “vírgenes sacrificiales” de la historia costarricense. Además, en su nota, Rodrigo Soto reiteraba lo prácticamente desconocida que resulta la obra de ambas, aunque, en el caso de Eunice Odio, una edición de sus Obras Completas fue publicada en 1996 por dos editoriales universitarias (Universidad de Costa Rica-UCR y Universidad Nacional-UNA) bajo la dirección de Peggy von Mayer, lo que Soto no mencionaba, prefiriendo terminar su nota haciendo referencia a los rumores de una posible novela de Sergio Ramírez “...sobre la vida y leyenda de ambas”, retomando la posición oficial “no tácita” que se protege de la obra de Odio y Oreamuno manteniéndola como Finis terre, algo desafiante que existe pero que se advierte difícil y peligroso en su acceso. Esta posición siempre me ha intrigado, pero no fue hasta que comprendí, de la mano de otra pensadora, María Zambrano, el por qué de semejante actitud. Mi nausea iba dirigida al culto que se había erigido -porque el caso de Soto no es único-, en pos del mito en revés del pensamiento de Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, al cual, de ninguna manera se hace justicia mencionando, como hace Soto, el que personalidades de la talla Carlos Martínez Rivas, Juan Lizano, Carlos Castaneda o Augusto Monterroso, depositaran su mirada en la belleza indómita de ambas, confluyendo en una imagen de pliego sobre pliego hacia “algo de lo desconocido”, en pos de construir un ideal trágico muy conveniente, porque, como señala Zambrano, encarnan a esa “Virgen Sacrificial” que “todas las culturas un día u otro necesitan. Un día u otro, cuando los hilos de la historia se han enredado, o cuando el cauce amenace quedarse seco, o en el dintel de la unidad a lograr. La virgen sacrificial en toda
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histórica construcción. Tal Juana de Arco.” Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, vistas según esta reflexión zambraniana, aparecen cual heroínas primaverales raptadas por la tierra, y devoradas “…también por los infiernos del alma humana donde la conciencia desciende cada vez más hondo, en su despertar" (La Razón en la Sombra, 2004: 357, 360). Esto no quiere decir que Zambrano conociera el trabajo de Odio y Oreamuno, pero su reflexión nos ayuda a comprender como ambas, enfrascadas por una leyenda, han sufrido una terrible transformación: sus vidas, franqueadas por el delirio, sus obras, tachadas de “difíciles” y “oscuras”, las han convertido en “vírgenes sacrificiales” de una Costa Rica, de una Centroamérica fracturada. Y sino ¿por qué reiterar una leyenda trágica? convenientemente preparada para que su recuerdo sea cuerpo ofrecido a la historia, al cauce seco, a la tierra devoradora, ellas, como lúcidamente señala Zambrano en su alegoría, son las “vírgenes sacrificiales” de una historia en construcción, de un descender para despertar. Estas “heroínas primaverales”, muertas cuando todavía conservaban su belleza, han sido objetivadas en pos de futuras fertilidades de un “pueblo-etnia-nación” que, en espera de un renacimiento, ha querido “estetizar” la memoria de su expulsión, amputándolas para luego reinsertarlas como prótesis de mármol, nada más parecido a la Antígona de María Zambrano (La tumba de Antígona, 1967). Ellas, obligadas por un sistema represor pre y post Guerra Civil (porque Costa Rica tuvo una Guerra Civil en 1948), descendieron a la tumba en plena vida, y cuando se les llamó para que asumieran su lugar en el trono, eligieron la autoinmolación, porque eso es lo que revela su obra, un des-nacerse por autoinmolación en pos de un nacer por sí mismas... Pero quienes fomentan el relato de su vida y obra alrededor de una leyenda trágica, que sin duda es “políticamente correcta”, no hacen más que disimular un culto a la “virgen
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sacrificial”, sin asumir la profundidad de dicho pensamiento, presentándolo como objetivación estética en pos de construir una mitología nacional, cuya tonalidad Rodrigo Soto resume extraordinariamente cuando, en sus “Dos tigresas tristes”, escribe: “Costarricenses por nacimiento…, creadoras extraordinarias, hermosas e incomprendidas, nos legaron, además de su obra brillante – y casi completamente desconocida fuera de un grupo de felices iniciados-, la belleza de su leyenda trágica”(Soto/Babelia, 2006). Soto legitima así una práctica común perpetuada hasta hoy. 2. ¿Existencias exiliadas? Identificado el culto a “la belleza de su leyenda trágica” nos preguntamos: ¿Qué belleza puede haber en un acto de inmolación? ¿Se trata acaso del terror, del temor y la fascinación que genera la mujer sacrificada? ¿Del placer en admirar su lucidez, lo brillante de su pensamiento, y prenderle fuego en la hoguera de la historia, mirar el espectáculo de las cenizas revoloteando en el aire y describirlo como un acto de redención, de resurrección y de consagración? Hablar de “la belleza de su leyenda trágica” implica entonces convertir en objeto estético lo que no deja de ser un crimen, una vergüenza, de una sociedad que no supo dar lugar a lo extra-ordinario, y que, contemplándolo morir desde lejos por su descuido, se autojustifica cantándolo como “bella tragedia”. Porque Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, al igual que muchas otras mujeres, encarnan a esa “virgen sacrificial” que, según Zambrano, “se asimila al alba”, como “metáfora y… categoría de ser que sólo pasando a través de su noser se da” (La Razón en la Sombra, 2004: 359). La “leyenda trágica” es entonces la mirada de un otro impuesta sobre ellas, vistas desde afuera en tanto que el suyo es, quizás, un pensar en exilio, no sólo en relación a Costa
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Rica, sino a su estar afuera en tanto des-nacerse para nacer por si mismas, siendo el relato mítico la manifestación de una existencia exiliada, como cuando Yolanda, citada por Soto, dice: “Ahí les dejo mi leyenda, para que se entretengan” (Soto/Babelia, 2006). Existencia exiliada que podría ser entendida en el sentido del filósofo francés Jean Luc-Nancy, como “…una especie de exilio constitutivo de la existencia moderna”, donde “…el concepto constitutivo de esta existencia” es “…él mismo el concepto de un exilio fundamental: un “estar fuera de”, un “haber salido de”, y ello no sólo en el sentido de un ser arrancado de su suelo, ex solum,… sino según lo que parece ser la verdadera etimología de “exilio”: ex y la raíz el de un conjunto de palabras que significan “ir”; como en ambulare, exulare sería la acción del exul, el que sale, el que parte, no hacia un lugar determinado, sino el que parte absolutamente” (Jean-Luc Nancy, 1996:34). El suyo es quizás un estado de no-ser para ser dado, entendido no sólo como “ir hacia” o “estar fuera”, sino, como estar fuera en sí mismo y para sí mismo en relación a una condición de otredad legitimada por una leyenda cultivada desde la concepción moderna de igualdad, homogeneidad y asimilación, en relación con una mitología nacional. Se trata de “asimilar” lo incómodo de su existencia como evidencia de un otro posible ante la mirada del que expulsa, transformándolas en algo coherente en el marco de un discurso lógico de eventos. Asimilación que, entendida desde el pensamiento zambraniano de la “virgen sacrificial”, revela a una sociedad que asiste, en la “leyenda trágica”, a una dimensión exiliada de su ser, enfrentando su propio contra-tiempo histórico (Geneviève Fraisse, 2005). Contra-tiempo y asimilación en tanto conciencia histórica, responsabilidad histórica (Xavier Palacios, 1997:161), responsabilidad que remite, como indica Zambrano, a lo sacrificial de la condición exiliada.
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Condición que es ella misma una “especie de exilio constitutivo de la existencia moderna” a la que hace referencia Nancy, una conciencia de la modernidad en tanto historia sacrificial, tal y como Zambrano lo planteará en Persona y Democracia (1958), revelando un discurso autojustificante en las categorías de la racionalidad moderna entendidas como revolución, progreso, democracia, libertad, igualdad, sociedad, persona, contrato, Estado, pueblo…, cultura, etc. (Xavier Palacios,1997:168), que tratan de asimilar los contra-tiempos, sacrificándolos dentro de un continuum histórico según su propio monólogo analítico. Entonces, si el concepto constitutivo de la existencia es “él mismo el concepto de un exilio fundamental”, como propone Nancy, exilio en tanto des-nacerse, según lo piensa Zambrano en su “Carta sobre el exilio” publicada en 1961; “el exilio no es, pues sólo foraneidad en un lugar extranjero, sino, más profundamente, “extrañamiento”: distancia de sí, pérdida del lugar común del sentido, desmembramiento de la identidad”, por lo que “representa una condición de liminariedad respecto a la historia, es la posición de quien permanece “al borde del camino por el que todos pasan” (como citará Zambrano en Los bienaventurados). Lo anterior -indicado por Elena Laurenzi-, señala como “el exiliado resulta una presencia “escandalosa” para la “abusiva conciencia occidental”, cerrada en el “recinto amurallado” de los propios sistemas, es “la presencia viva de un enigma”, asimilable a ciertas figuras sagradas…” (Elena Laurenzi, 1998:70-71). Estamos ante la evidencia de por qué se hace necesario verter esta carga “trágica y auroral” sobre Odio y Oreamuno:
(…) el exilio parece ser, precisamente, esa confluencia de pasado y futuro…un paso catártico, el momento del nacimiento de una conciencia que preludia la trascendencia, la transformación, pero que sólo puede abrirse a lo Nuevo hundiendo sus raíces en el pasado, iluminando las sombras de la historia, haciendo emerger “el logos que se reparte por las entrañas” (cit. M. Zambrano, Elena Laurenzi, 1998:68).
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Entrañas que, en el caso de Odio y Oreamuno, una sociedad ha tratado de sublimar entendiéndolas como “bellezas trágicas”, y no, como autoras del terror, de su propia inmolación, como quienes descendieron conscientemente al infierno en busca de un despertar, incluso a costa de sí mismas. ¿Vírgenes sacrificiales? ¡No más!, bien lo patentó Eunice Odio, cuando, y volviendo a la leyenda, puso alguna vez en la puerta de su residencia en México la sentencia: “Aquí vive una puta” 3. Invocando quizás a la Gran Prostituta del Apocalipsis, de la Revelación, que, sentada sobre las aguas, símbolo de multitudes, acusa la intolerancia de un pueblo ante el pensamiento oscuramente lúcido de una mujer. Por esta razón “Dos tigresas tristes” de Rodrigo Soto es, en sus buenas intenciones, una continuación de la comedia, del culto a lo trágico como máscara ante la responsabilidad histórica de un pueblo, con la muerte de dos pensadoras incómodas pero bellas. Más aun cuando reitera el lugar común ya hartamente conocido de que Yolanda murió en los brazos de Eunice4, cual retablo de un Stabat Mater, y por tanto, Eunice tuvo que morirse sola, “pues ya no estaba Yolanda para tenerla en sus brazos”, sumando, en tono sensasionalista, que “no encontraron su cuerpo sino varios días después de fallecida” (Soto/Babelia, 2006). Lo que Soto no cuenta, pues no sería “políticamente correcto” en el marco de “la belleza de su leyenda trágica” y la “codiciada y celebrada” belleza de Eunice, es que no murió sola, sino con-sigo-misma. Por esta razón he considerado pertinente compartir mi posición acerca de “Dos tigresas tristes”. No se trata de un asunto personal contra mi compatriota Rodrigo Soto, respetado escritor con una brillante carrera internacional. Mi objetivo es concienciar sobre la
La “anécdota” se le atribuye supuestamente al escritor costarricense Laureano Albán. Recurrimos a ella sólo como recurso alegórico, pues no hemos podido, todavía, documentar este hecho. 4 En este párrafo nos permitimos la licencia de llamarles por su nombre de pila (Eunice, Yolanda) con el objetivo de mantener el tono de Rodrigo Soto.
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necesidad imperante de revelarnos ante una situación que no podemos seguir tolerando pasivamente porque tal y cual coincidan con ella. Esta perpetuación trágico-mítica de Odio y Oreamuno no hace más que dirigir la mirada hacia ellas desde una perspectiva banal y complaciente, cuando deberíamos estar dedicados a reivindicar su lugar en el marco del pensamiento contemporáneo, volver hacia su obra como voz fundamental y referente de nuestro tiempo, tomando conciencia de la historia sacrificial a la que responden. Lo que a su vez nos obliga a preguntarnos ¿Por qué María Isabel Carvajal no está presente en esta mitología? ¿Por qué no se le erigió un monumento en el jardín de las delicias nacionales al lado de Eunice Odio y Yolanda Oreamuno? ¿Acaso la suya no es también una existencia exiliada, provocada por su participación activa en pos de una revolución social, hasta el punto de que, a sus 60 años, se le acusó de “autora intelectual de crímenes de Guerra”? Mi intuición, al lado de las evidencias históricas, propone que el motivo reside justamente en que ella no es una “heroína primaveral”, ni una Perséfona bajada a los infiernos, sino, una Hécate, una anciana terriblemente lúcida con la antorcha en la mano. El suyo, a diferencia de Odio y Oreamuno si fue un exilio político puesto en papel y con los sellos de rigor, fue “juzgada y condenada” por los suyos luego de luchar durante años por una sociedad más justa y equitativa, el suyo fue el grito sacrificial en sí mismo, y en él, el grito de los sacrificados. María Isabel Carvajal se dio nombre a sí misma, firmó como Carmen Lyra, y la pequeña, menuda y sencilla mujer se transformó en una otra posible, que fue también “Tía Panchita”, regazo donde un pueblo fue capaz de volver los ojos hacia sí mismo permitiéndose dudar de las certezas. En su caso, la responsabilidad histórica resolvió la “verdad incómoda” nombrándola benemérita de la patria, y una primera dama se quedó muy tranquila enviando por sus restos
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para enterrarlos en “suelo nacional”, algo que comparte con Yolanda Oreamuno. Pero sus huesos ya no tenían carne, no era ella un cadáver exquisito al cual cantar, no tenía ya sangre para rituales de renacimiento, era en sí misma el cause seco, la tierra devoradora, el infierno en nosotros, el hambre, la pobreza, la injusticia, la corrupción… el progreso, la libertad y la igualdad del polvo. A lo mejor en los grandes medios de prensa internacional nunca aparezca su retrato, pero en honor a su pasión, y digo “pasión” y no “tragedia”, la recuerdo junto a Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, y por qué no, también junto a Chavela, siendo ella otra voz incómoda, la única de las cuatro que todavía sigue viva. Chavela, voz triunfante del nacer por sí misma, del des-nacerse, del pensar como frontera de sí, existencia exiliada del no retornar. Porque hizo suya la condición de virgen sacrificial, pero no como una “leyenda trágica” construida para la autocomplacencia de un relato histórico monódico, sino, como revelación de sí misma y de las que como ella, son memoria de un descender a los infiernos. Basta con la imagen publicitaría de su debut en el Carnegie Hall de Nueva York, un 15 de septiembre del 2003, fecha especialmente simbólica, efeméride de la independencia Centroamérica, donde posa cual Virgen de Guadalupe, de pie, con su emblemático poncho rojo y negro, las manos en oración, irradiando destellos de oro, abrigada por los pétalos de una orquídea blanca y un cielo de claridad mística, quizás recordándonos lo problemático de pensar entre mythos y logos las voces nacidas de carnes sonoras y lúcidas, porque ella está y no está ahí, es una fractura, como Eunice Odio, Yolanda Oreamuno, y Carmen Lyra, ellas fueron revelación de contra-tiempos, de extra-ordinarios, voces de un ex-trañarse que nace de las propias entrañas, porque nada estuvo pre-visto, y sin embargo todo era inminente. Ellas
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son en nosotras no sólo los derechos que hemos conquistado sino, los deberes pendientes por cumplir.
Bibliografía
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